El té peruano que conquistó Inglaterra - por Luis Gamarra Otero | Enterarse

El té peruano que conquistó Inglaterra - por Luis Gamarra Otero

2020/03/18 10:00

Por: Luis Gamarra Otero

Columnista

Plantaciones actuales de té en Darjeeling. Foto: Reuters

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Tradicionalmente a fines del mes de mayo, se celebraba en el Perú la semana de la agricultura. Durante esta se organizaban conferencias y exposiciones y el día principal el gobierno condecoraba con la "Orden al Mérito Agrícola" a las personas que hubieran destacado por sus aportes al desarrollo agrario de la nación. En mayo de 1969, ya durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado, se otorgó esta distinción a dos eminentes agricultores peruanos: Antonio Rivero Larrabure y Emilio Guimoye Hernández.

La razón principal para esta elección, expresó el ministro de Agricultura Gral. José Benavides en el acto de la condecoración, era que durante los últimos 20 años habían sido estos empresarios los que más habían destacado en el fomento de la agricultura y la ganadería de la región de la selva, territorio cuyo desarrollo era prioridad nacional. “Que su obra quede como ejemplo para las nuevas generaciones, que heredarán la responsabilidad de seguir construyendo nuestro país como ustedes patrióticamente lo han hecho", fueron la frases finales del ministro.

No había transcurrido un año de este acontecimiento, cuando estos dos empresarios eran despojados por el mismo gobierno que los condecoró, confiscándoles todas sus propiedades, incluyendo algunas no agrícolas, asaltadas sus instalaciones con participación de contingentes armados y expuestos ante los medios de comunicación como enemigos del país. A uno de ellos, como se verá más adelante, en un caso pocas veces visto, se intentó secuestrarle las neuronas del cerebro.

La obra de Antonio Rivero vale relatarla.

La familia Rivero fueron agricultores de la costa peruana. Las utilidades que obtuvieron las reinvirtieron en el Perú y, entre otros, en la adquisición de terrenos cercanos a Tingo María, donde lo que sobraba eran tierras esperando cultivo, con el objeto de desarrollar una moderna agroindustria tealera.

Producir té no era tarea fácil y su proceso de industrialización para la exportación, con la calidad que exigían los mercados sofisticados, era aún más complicado. Tea Garden, que fue el nombre de la empresa que formaron, importó semillas seleccionadas de China y Ceylán y adquirió maquinaria de última generación. Después de muchos esfuerzos consiguieron exportar té a los más selectos mercados europeos. El té peruano gozaba de excelente reputación, pero Antonio Rivero quería más, apuntaba a realizar una hazaña que hasta ese momento nadie había logrado.

El té Darjeeling es considerado en los mercados internacionales como el champagne de los tés. Por su olor, sabor, cuerpo y aroma supera largamente al resto de los ofertados y debido a tales características se cotiza también a un precio muy superior. Té Darjeeling puro es consumido por muy pocas personas, probablemente la Familia Real de Inglaterra u otras de similar nivel. Industrialmente se utiliza el Darjeeling para mezclarlo en pequeñas cantidades con otros tés y mejorar su calidad.

Este sofisticado té se conocía desde 1841 y solo era producido en un lugar de la India, la región de Darjeeling —de allí su nombre—, ubicada en Bengala Occidental, junto a Nepal. Nadie desde hacía más de siglo y medio había podido reproducirlo en un lugar diferente. Por más que se trasladaron semillas a zonas de climas similares, las características del producto final eran distintas. La conclusión científica era que las condiciones climáticas existentes en la zona de Darjeeling, en combinación con las características de la tierra, eran las que les daban esos atributos, inigualables e irreproducibles.

Antonio Rivero no estaba conforme con este criterio y sospechaba que las características de este té las daban la suma de una gran variedad de plantas físicamente similares pero de composiciones diferentes, imposibles de diferenciar a simple vista. Era la proporción de estos clones mezclados dentro de la plantación lo que daba las cualidades del té producido en ella.

Se propuso la tarea de confirmar su teoría buscando la existencia de esos clones en su plantación de Tingo María y tratar de diferenciarlos para posteriormente poder aislarlos. No existía un método para esta identificación y por ello se ingenió para utilizar la habilidad innata de los trabajadores de la sierra del Perú, que bajaban anualmente a la ceja de selva buscando trabajo y que algunos persistían aún en la costumbre ancestral de masticar hojas de coca. Rivero había observado que estas personas tenían la particular capacidad de identificar su procedencia, por su sabor, astringencia, dulzura, etc. Con la invalorable colaboración de este personal como catadores y después de pacientes trabajos, logró confirmar que sus plantaciones de té con semillas seleccionadas traídas desde Asia eran en realidad una mezcla muy variada de clones, los que consiguió identificar, bautizarlos con nombres clave y sembrar muestras de cada uno en parcelas individuales.

Al Perú no había llegado todavía la cromatografía líquida de alta definición y los modernos instrumentos analíticos utilizados para ello eran necesarios para identificar los componentes de cada clon y para medir sus exactas proporciones. Consiguió interesar a la internacional "Coca Cola", con quienes mantenía relaciones comerciales por ciertos tipos de té que les vendía para su bebida y que empleaban en sus laboratorios de USA.

Importó de la India una pequeña cantidad de té Darjeeling y obtuvo mediante la cromatografía su curva característica. Después hizo el mismo trabajo con cada uno de los clones detectados en su plantación y fue superponiendo las curvas obtenidas hasta poder configurar una idéntica a la del té Darjeeling. Había logrado su objetivo. Mezclando cantidades de sus clones en proporciones exactas, conseguía un producto idéntico al buscado.

Cuando llegó a Londres el primer embarque de prueba, los ingleses no podían creerlo, sospecharon alguna maniobra oscura y mandaron a un experimentado científico para investigar. El “Darjeeling peruano” no solo era igual sino que superaba al original en regularidad. Contaba Antonio Rivero que cuando le explicó el camino que había seguido, el inglés se golpeó la frente y exclamó: Tantos años perdidos empecinados en buscar cómo adaptar la variedad a otra región, cuando el camino era otro más sencillo, el que usted ha encontrado.

Pronto se filtró la noticia de una inminente confiscación de Tea Garden por las fuerzas del gobierno, para entregárselas a organizaciones políticas que simulaban representar a los campesinos de la zona. Antonio Rivero al tanto de este rumor, tomó precauciones e intercambió los nombres y claves que identificaban a los clones. Cuando tomaron posesión de las instalaciones, los nuevos dueños creyeron poseer la formulación que los haría famosos y como es de suponerse, con las identificaciones cambiadas, su primer embarque era cualquier cosa menos té Darjeeling. Quisieron encontrar las formulaciones pero estas ya no estaban en los archivos sino en el cerebro de Rivero y ellos estaban muy lejos de la capacidad para rehacer este trabajo.

Presionaron, incluyendo amenazas de toda índole contra Antonio Rivero, para que entregara las formulaciones sin compensación alguna, debido a que estas según ellos, eran propiedad de los nuevos dueños, porque así lo decía la Ley de Reforma Agraria. Al no conseguirlo optaron por prohibirle la salida del país para que no fugaran las neuronas que contenían los resultados de sus experimentos y trabajos científicos. Recién cuando cayó el régimen de Velasco, Antonio Rivero pudo recuperar su derecho a trasladarse libremente.

De Tea Garden hoy día queda muy poco, en la práctica nada. La moderna y eficiente empresa en manos de la nueva corporación colectiva “modelo peruano” impuesta por la Reforma Agraria, por su mala imagen y poca seriedad, pronto tuvo que abandonar su calidad exportadora y como gesto revolucionario le cambiaron de nombre, la llamaron “CAP Jardines de Té el Porvenir”. Esto tal vez fue un acto de simbolismo inútil, porque de jardines les queda poco. Sus instalaciones industriales fueron incendiadas por Sendero Luminoso en 1986. De las 460 hectáreas de hermosas y ordenadas plantaciones, hoy solo quedan apenas 40 Has. con plantas viejas, muy poco productivas, de las que plantó Rivero, hace más de 60 años. No hay más balance que mostrar.

Por: Luis Gamarra Otero

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