Por qué y cómo levantar la cuarentena obligatoria - por Daniel Córdova | Enterarse

Por qué y cómo levantar la cuarentena obligatoria - por Daniel Córdova

2020/04/24 17:00

Por: Daniel Córdova

Columnista

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La cuarentena obligatoria ha sido útil para limitar los contagios en el sector formal de nuestra sociedad. En el sector informal lo ha sido menos: no se ha cumplido cuando la población ha tenido que salir in extremis para buscarse el pan o regresar a pie a sus provincias. Para esa población empobrecida a la fuerza al quitársele la libertad para salir a trabajar, la reducción o desaparición de los ingresos ha sido brutal. Por ello, la producción de bienes y servicios debe retomarse bajo normas sanitarias mínimas. De lo contrario, el remedio será peor que la enfermedad. El “shock emocional” generado por la pandemia ha sido tan fuerte que a pesar de nuestra “debilidad cultural” para respetar las reglas, ahora es viable basar el cumplimiento de las restricciones en la responsabilidad individual y la cooperación social voluntaria, utilizando las organizaciones sociales existentes —privadas y surgidas de manera espontánea para luchar contra la pobreza— y levantando la cuarentena obligatoria, que en muchos aspectos ha sido innecesariamente autoritaria.


Nos toca vivir la primera pandemia de la era global, la primera pandemia de un mundo predominantemente urbano, la primera que nos toma por sorpresa cuando considerábamos normal que millones viajaran de un país a otro en pocas horas o se comunicaran “cara a cara” entre países tan lejanos como el Perú y Australia. La primera que le llega a la humanidad cuando se creía capaz de atajar cualquier virus casi en su lugar de origen. La primera en la que los humanos contamos, día a día, las pruebas efectuadas por país, el número de infectados, los hospitalizados, los que están en cuidados intensivos y, cómo no, las muertes motivadas por el virus de turno, el coronavirus. Todo ampliado y aumentado por las redes sociales y distorsionado por las fake news.

La respuesta de los gobiernos frente a semejante fenómeno global ha sido tan radical como ante una guerra. Algo nunca antes visto. Porque el primer virus global de la historia humana atacó primero a los países más desarrollados y a la minoría de países en desarrollo que viajaba hacia Europa o Asia. Los que nos creíamos inmunes, los que veíamos el dengue, el ébola, la tuberculosis, como curiosos y lejanos rezagos del subdesarrollo. En la era del progreso, no aceptamos que no seamos capaces de controlar en un santiamén una pandemia viral.

La reacción de los líderes nacionales ha sido de distinta intensidad. Los resultados en los países más desarrollados han diferido en el corto plazo. Pero algo de lo que estamos seguros es que dichas sociedades, con instituciones más fuertes —más integradas por la formalidad y una cultura de la cooperación social— a la larga saldrán mejor libradas que los países pobres.

El Perú es un país subdesarrollado dividido en dos partes conectadas entre sí (y con muchos matices que obviamos para dejarnos entender). El “Perú formal”, que ha salido de la pobreza, representa grosso modo un tercio de la Población Económicamente Activa (PEA). En dos tercios de la PEA, predomina la informalidad y la pobreza. Como lo ha repetido una y otra vez Hernando de Soto, la informalidad se explica en gran parte porque las leyes no se adaptan a la realidad. Así, las normas y acciones para combatir los efectos de la pandemia no van a funcionar si hacemos “como si” tuviésemos instituciones sólidas, “como si” las camas de UCI públicas podrían incrementarse en los hospitales y atender a los enfermos graves que llegarán, “como si” el Ministerio de Salud podría estar en capacidad de comprar todos los insumos médicos necesarios, “como si” pudiésemos identificar a los afectados y depositarles un bono “focalizado” en su cuenta corriente, “como si” todos tuviesen una reserva de dinero en el banco para comer. “Como si” pudiésemos mantener una cuarentena obligatoria sin exponer a familias enteras a pasar hambre, y así sucesivamente.

Al imponerse la cuarentena obligatoria en el Perú y dejarse en manos exclusivas del Estado la lucha sanitaria, se han manifestado como nunca nuestras debilidades institucionales. Al tratar de imitar a los países desarrollados y adoptar medidas autoritarias que confunden el medio con el fin (como prohibir que los inmigrantes a Lima regresen a sus provincias en buses o aviones en lugar de caminando por las carreteras) se ha generado el caos. Al impedirle al sector privado desarrollar los servicios de tests, hemos bajado la guardia contra el virus. Al ignorar a las organizaciones sociales informales (pero efectivas), confiándole a los Municipios la repartición de canastas de alimentos, nos hemos “disparado al pie”. Es momento de poner en acción al sector privado popular, como las organizaciones de barrios (comedores populares, etc.) para atender la emergencia. Es momento de apoyar y apoyarnos en el desarrollo espontáneo de estas organizaciones privadas de origen informal. Adaptar nuestras instituciones a nuestra realidad y no al revés.

Si adaptamos las políticas sociales a nuestra realidad, empezando por las normas necesarias para levantar la cuarentena obligatoria de la manera más cauta posible utilizando a las organizaciones de barrios, estaremos dando un primer paso para hacer reformas que terminen de una vez por todas con la predominancia de la informalidad. Así, la pandemia podría ser una crisis que nos ayude a fortalecer organizaciones que han surgido espontáneamente de la sociedad civil, y salir del subdesarrollo en el que nos encontramos a pesar del crecimiento y de la estabilidad macroeconómica de los últimos años.

Cuarentenas de diversa intensidad

En un extremo, el que al final se impuso durante las primeras semanas de pandemia, tuvimos los estados que optaron por la cuarentena obligatoria. Por “apagar los motores” hasta tener la capacidad de detectar al milímetro los infectados. Los casos más exitosos fueron los de sociedades altamente integradas, con instituciones sólidas, en donde impera la ley y, por ende, el individualismo adopta su forma más inteligente: el respeto a los derechos de los demás. Tal es el caso de Japón (¿Recuerdan a los japoneses limpiando los estadios después de los partidos en el mundial de Rusia?), Corea del Sur, Singapur. Todos asiáticos y -cosa no menor- con experiencias recientes de epidemias virales y costumbres ancestrales que podrían haber surgido de pandemias anteriores, como el saludo a la distancia. En los países europeos más afectados (Italia, España, Francia) se decretó la cuarentena general un poco tarde. Pero lograron, poco a poco, ir saliendo —dejamos de lado para este análisis las diferencias notorias entre estos países y Alemania. Y es que son países desarrollados, con instituciones relativamente fuertes.

Los casos menos exitosos en el establecimiento de la cuarentena manu militari, han sido los países en donde predomina la informalidad, en donde la mayoría de la población necesita salir para comer, en donde la infraestructura de salud, de transporte, de mercados de abastos, es paupérrima. En estos países, no ha sido posible lograr un distanciamiento social efectivo, a pesar de imponerse medidas tan drásticas, que a veces la cuarentena y el estado de emergencia parecían ser el fin y no un medio para reducir los contagios. Uno de estos casos, es el peruano. Lo revelaron las imágenes de los mercados abarrotados de gente no solo comprando, sino también intentando vender desde jugos, hasta comida preparada (de eso viven día a día), o aquellos días que vimos a centenares de provincianos optar por regresar a sus lugares de origen caminando por las carreteras.

Al otro extremo, han estado los países que en un primer momento optaron por dejarlo pasar, calculando un estimado de muertos “aceptable” y apostando por la inmunidad casi generalizada. La razón: no permitir que la economía se pare, no prohibirle a la gente ir a trabajar para producir y ganarse la vida. Gran Bretaña y Estados Unidos tuvieron esa primera actitud, hasta que los contagios y la presión social los obligó a cambiar parcialmente de estrategia y optar por la cuarentena obligatoria. Esto no sin controversias y contramarchas, como lo pudimos notar en el enfrentamiento del presidente Trump con los gobernadores, a quienes ha estado presionando para ser menos drásticos y permitir que se den libertades para producir. Al 24 de abril, Estados Unidos encabezaba la lista de muertos por coronavirus con más de 50,000 de un total de 200,000 en el mundo, a pesar de lo cual muchos Estados optaban por levantar la cuarentena obligatoria.

Más sofisticadas han sido sociedades en las que se ha optado por actuar con frialdad, optando por solo prohibir las actividades que impliquen aglomeraciones, o solo cuarentenas diferenciadas. Una de las sociedades que ha enfrentado con mayor libertad la pandemia ha sido Suecia. Ahí, comentaba Ian Vásquez, a mediados de abril “Los bares, restaurantes, gimnasios y demás negocios siguen abiertos, así como sus fronteras. Han cerrado las universidades y escuelas secundarias y han prohibido reuniones de más de 50 personas. Más allá de eso, las autoridades han sugerido que la gente se quede en sus hogares si puede y que practique el distanciamiento social” . En Chile, país con mejores resultados sanitarios que el Perú —una vez más por tener instituciones más solidas— la cuarentena es mucho menos radical y se ha estado practicando por comunas. Y actividades económicas como la construcción han continuado funcionando con normalidad (salvo en algunas comunas), así como el transporte público. Evidentemente, en estos casos, la actividad económica y, por ende, la situación alimentaria de la población, se han visto menos afectadas.

Lo que queda claro, es el hecho casi tautológico que mientras más estricta se haga la cuarentena, mientras menos libertad se dé a la gente para moverse, mayor será el riesgo de que empecemos a observar ciudadanos empobrecidos, saqueando para comer o, simplemente, debilitándose hasta morir.

Una cuarentena semi-fallida

A fines de abril hemos comenzado a observar cómo el número de contagios aumenta en los distritos más pobres de Lima y en muchas provincias, donde la informalidad puede superar el 90% de la actividad económica. Es decir, la cuarentena habría funcionado en los lugares de mayores ingresos —por donde ingresó un virus que entró por el único aeropuerto internacional de este pobre país— pero se diseminó al cabo de un par de semanas hacia los lugares de menores ingresos y mayor informalidad. De ahí que después de seis semanas de cuarentena, los resultados puedan ser desalentadores. Ello pese al radicalismo militar con el que se impuso. Las razones son varias. Todas propias de nuestra debilidad institucional.

Primero. El virus empezó a diseminarse días antes de que tomáramos consciencia de la gravedad de la situación. De esto nadie tiene la culpa. De hecho, me encuentro entre quienes consideraron exagerado el anuncio presidencial cuando se informó del primer caso. Hubo incluso quienes hablaron de un “virus publicitario” . Ante la evidencia mundial, ya nadie opinó así durante las siguientes semanas. Pero la población tardó días en tomar en serio la cuarentena, tiempo suficiente para que el virus empezara su carrera exponencial.

Segundo y lo más importante: la cuarentena general no ha sido posible en el Perú. Estamos hablando de una sociedad compuesta por individuos que trabajan de manera independiente o en empresas de menos de cinco trabajadores. La gran mayoría obtiene sus ingresos día a día. Los vinculados a la producción y al comercio de alimentos, no han estado en cuarentena, por razones obvias. Y sus clientes, es decir todos los peruanos adultos, salieron también desde el primer día. Muchos de los que trabajan alrededor (puestos de comida en los mercados, por ejemplo), también lo hicieron, a diferencia de los restaurantes formales.

Tercero: quienes diseñaron la cuarentena cometieron errores al poner sus prejuicios delante de la información disponible sobre el comportamiento del consumidor. El separar por género los permisos de salida, por ejemplo, asumiendo que el comportamiento es paritario, se generaron aglomeraciones de mujeres en sus días de salida. Lo mismo sucedió cuando se restringieron las salidas por Semana Santa: cuando se levantó el permiso, más personas debieron salir en menos tiempo a procurarse alimento. En estos casos, más efectivo que un grupo de sociólogos notables hubiese sido un equipo conformado por profesionales vinculados a la industria de alimentos, que estudian todos los días el comportamiento del consumidor peruano.

Cuarto: en los sectores modernos de Lima, principalmente, se consideró la cuarentena como un objetivo en sí mismo, en lugar de tener claro que es un medio para forzar el alejamiento social (y el contagio). A ellos no ayudó la absurda prohibición del uso de vehículos particulares y el famoso “toque de queda”. En suma, en lugar de decretar el distanciamiento social, se decretó la cuarentena. Y con ello, se distrajo policías en meter a la cárcel a personas que salían a pasear a su perro (todo además impulsado por la prensa y las redes sociales), se condenó como si estuvieran cometiendo un delito a personas que salían a hacer deporte, y se llegó a encarcelar a una familia en cuarentena porque le estaban cantando cumpleaños feliz a un niño dentro de su casa. El sentido común nos diría que, si queremos distanciamiento social, mejor es que las compras puedan hacerse a lo largo de más horas en el día y con menor frecuencia (para lo que es útil el automóvil particular). Pero el gobierno, apelando a criterios que desconocemos, consideró mejor restringir horarios y poner toque de queda.

En suma, como suele suceder, a la minoría de población a la que se le puede controlar, se le ha hecho cumplir una cuarentena exagerada. Y a la mayoría que está imposibilitada de cumplirla porque si lo hace no come, se le ha tenido que tolerar. Aún así, el efecto económico sobre los informales y más pobres ha sido más fuerte. Los formales tienen reservas y algunos han podido “tele-trabajar”, sobre todo aquellos vinculados a grandes empresas que han podido mantenerse activas. Los informales o pequeños comerciantes de calles y mercados, con excepción de los alimentos, se han quedado en la calle. Y muchos de los que trabajaban para el sector formal, como los obreros de construcción, también han quedado desprotegidos.

Sin duda, la cuarentena ha servido para disminuir el ritmo de contagios en países como el nuestro. Pero su efecto ha sido mucho menos eficaz que en los países formales. Y que hayamos optado por una fórmula más radical ha hecho que nuestra parálisis económica sea más fuerte que en la mayoría de dichos países.

La cuarentena y la economía de los más pobres

Desde que comenzó la cuarentena, advertimos que esta no es una crisis económica. Esta es una parálisis para la mayoría de la población. Una encuesta realizada por Ipsos confirmaba a mediados de abril que el 42% de peruanos se había quedado sin trabajo. Pero el 89% de los encuestados había presentado una reducción de ingresos económicos en su hogar durante la cuarentena. Las cifras en los sectores C y D, es decir los de menores ingresos, son reveladoras: 96% de los hogares del sector D y 88% del C han sufrido los efectos de la parálisis. Y 86% de los peruanos se sentía preocupado o muy preocupado por lo que se viene en los próximos meses.

Desde un principio, advertimos que, considerando la fortaleza de nuestras finanzas públicas, para que la población afectada aguante el “parón” había que otorgar un bono universal de un sueldo mínimo o mil soles, lo que es casi lo mismo. Esto porque la focalización del Estado no podía ser buena. Porque la mayoría de peruanos no está “bancarizado”: “Alrededor de 41% de adultos de 18 a 70 años del Perú Urbano es cliente de algún banco, caja o financiera” . El Estado en lugar de ello optó por otorgar una serie de bonos diseminados para población identificada por un Ministerio u otro, sin reconocer sus propias limitaciones . Finalmente, el 22 de abril, el Presidente anunció un bono universal familiar que esperamos se distribuya de manera inteligente y no recurriendo a otra base de datos que por definición será incompleta.

La mayoría de médicos sugiere mantener la cuarentena obligatoria. No ven el lado económico de la ecuación a pesar de las imágenes que nos han mostrado los medios de comunicación: gente que sale para poder comer o para cobrar su bono y se aglomera. Una cuarentena obligatoria más prolongada nos podría llenar de muertos de hambre, niños y jóvenes, además de mayores obviamente. Renán Ortega en un sugerente artículo, cita la anécdota de que Hans Rosling cuenta en el décimo capítulo de “Factfulness”, sobre una cuarentena impuesta a sugerencia de un médico por el Alcalde de Nacala, en Mozambique, ante la aparición de una extraña enfermedad que paralizaba las piernas y, en algunos casos, los dejaba ciegos. No se tenía idea de si la enfermedad era contagiosa, pero después de la recomendación del médico, el alcalde optó por sacar al Ejército y bloquear la ciudad. “Rosling narra que, tras iniciar el bloqueo, aproximadamente unas 20 mujeres, con sus hijos, esperaron al bus que los llevaría de Melba a Nacala para vender sus bienes en el mercado. Al enterarse de que no llegaría el bus, acudieron a la playa para pedir a los pescadores que los lleven por mar. Como consecuencia, los pescadores llenaron sus botes al tope. Sin embargo, los botes volcaron y nadie pudo nadar; niños, madres y pescadores terminaron muertos” .

No es posible por el momento estimar estadísticamente cuanta población no tiene dinero para comer al 24 de abril de 2020 debido a la cuarentena obligatoria. Por ello el bono universal, a condición de que sea bien aplicado, funcionará como un paliativo eficaz. No creo sea acertada la decisión de mantener la cuarentena obligatoria hasta el 10 de mayo quitándole a millones de seres humanos la libertad de asumir su responsabilidad sanitaria e ir a trabajar con todas las precauciones posibles. Por ello, la reanudación de actividades anunciada para inicios de mayo, debe incluir al máximo posible actividades económicas que no generen aglomeraciones y restricciones mínimas, apelándose a la responsabilidad individual y a la cooperación social.

Confiemos en la responsabilidad individual…

Desde que comenzó con sus conferencias de prensa, el presidente Vizcarra familiarizó a la población con la curva estadística de contagiados por el coronavirus y con la necesidad de “aplanar la curva” para que no haya tantos contagios y no colapse el sistema de salud. Muy pronto pudimos advertir que el asunto no caminaba bien. Primero porque el número de personas testeadas era muy bajo. Segundo, porque las pruebas rápidas, a diferencia de las moleculares, nos dejaron miles de falsos negativos. La curva entonces es mucho más alta de lo que aparece en las estadísticas oficiales. Y finalmente por lo evidente: no hemos sido capaces de dotarnos de un martillo para aplanar la curva.

Advirtiendo esta dificultad, Carlos Ganoza sugirió reemplazar el martillo por un bisturí considerando la posibilidad de operar tan fino como Corea del Sur, geo-referenciando a los contagiados, monitoreando las personas con las que tomaron contacto, y así. Una buena idea, que en cierta medida ha sido retomada con el programa Te Cuido Perú. Programa que para ser sostenible y multiplicarse requeriría de una coordinación intensa con el sector privado. Porque a estas alturas nadie duda que el Ministerio de Salud está desbordado.

De la Torre, Segura y Ghezzi, también conscientes de la dificultad para aplanar la curva —muestran estadísticamente cómo los contagios se están propagando a tasas aceleradas— se acercan a la cruda realidad de nuestra pobreza informal para proponer soluciones que apelen a la consciencia del ciudadano: “La población que opera en un entorno de informalidad debe estar informada sobre el peligro latente que representa la epidemia. Esto requiere de datos detallados y precisos que puedan ser compartidos con asociaciones de comerciantes, juntas de vecinos, etc. Los actores informales, cuando son conscientes de la gravedad de la epidemia, han sido los primeros en implementar medidas low tech (círculos plasmados en el piso para mantener el distanciamiento en mercados y venta de mascarillas a la entrada de establecimientos, por ejemplo). La razón es sencilla, y es que ellos son los más vulnerables frente a la paralización”. Por ahí, creemos, va la solución.

… apoyándonos en la cooperación social voluntaria

Como bien lo ha señalado Jaime de Althaus, citando a Guido Valdivia, “en el Perú urbano hay 10,000 barrios marginales donde viven 10 millones de personas. Cada barrio tiene una directiva dotada de más legitimidad y cercanía que el alcalde. Las directivas gestionan comedores populares, wawa wasi y vasos de leche” . La idea que conversamos con De Althaus y Valdivia, se dirigía a utilizar estas organizaciones sociales para canalizar el bono alimentario que el gobierno central había decidido delegar en los Municipios, a los que se les transfirió recursos. Sabíamos que la baja calidad de gestión en los Municipios iba a hacer que se demoren en armar las canastas y, eventualmente, que se den casos de corrupción.

No había que conocer mucho del mal funcionamiento de los municipios peruanos para prever lo inevitable. Una investigación de Ángel Páez y Doris Aguirre publicada en La República el 16 de abril mostraba que “… distritos que ya recibieron la transferencia asignada por el gobierno para que provean de comestibles de primera necesidad a las familias vulnerables en el contexto de la epidemia del nuevo coronavirus todavía no compran los productos o si lo han hecho tardan en distribuirlos” . De hecho, un mes después de recibida la transferencia, se tenía registro de menos del 50% de este presupuesto alimentario. La burocratización del proceso de adquisición, la ausencia de un reglamento, el temor a Contraloría, y la corrupción —todas carencias propias de la estructura estatal peruana— eran mencionados como los “cuellos de botella” previsibles después de darle dicho encargo a los Municipios. El tema llegó a tal punto de gravedad que el 23 de abril la Contraloría de la República tuvo que hacer un Comunicado haciendo “un llamado a los alcaldes, como responsables de cumplir con la transparencia y rendición de cuentas de la entrega de la canasta básica familiar, a proceder con los registros de la información en las plataformas virtuales autorizadas y en los plazos señalados en la normatividad vigente”.

No fue extraño leer, días después, el testimonio de Omar Awapara sobre cómo algunas de dichas las organizaciones sociales mencionadas por Valdivia (cita una de 300 familias ubicadas en la parte alta del cerro San Francisco, en San Juan de Miraflores), no esperaron el reparto de canastas de alimentos por parte de la Municipalidad y se organizaron para recibir un donativo de una fundación. Sin duda, esos recursos podrían haber sido distribuidos con mayor fluidez y transparencia recurriendo a estas organizaciones privadas y voluntarias, en lugar de recurrir a los municipios, muchas veces liderados por políticos inescrupulosos.
La fuerza de estas organizaciones las he observado yo mismo en los cerros de San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado del Perú. He visto faenas de gente los domingos en pleno verano para construirse su loza deportiva, para pavimentar su pista. Sí, trabajo voluntario para construir lo que el Estado debió hacer con sus finanzas de país “estrella” para los mercados de bonos internacionales, como todos los pergaminos para ingresar a la OCDE…

Así llegamos a nuestra conclusión: del mismo modo que estas organizaciones de barrio, mejor organizadas que los municipios, debieron utilizarse para una distribución más eficiente de canastas de alimentos, estas mismas organizaciones deben utilizarse para la distribución de mascarillas, jabón, información sanitaria precisa, medicamentos para paliar los efectos del coronavirus, etc. Son estas mismas organizaciones las que se encargarán de educarse sobre el distanciamiento social. Son ellas mismas las que generarán la sanción social a quienes no cumplan, bajo el concepto clave de esta situación: quien no cumple el distanciamiento social, no solo se perjudica él mismo, perjudica a su entorno cercano al ponerlo en riesgo.

No debemos olvidar el papel que desempeñaron estas organizaciones para combatir el terrorismo hace 30 años, en medio de la peor crisis social y económica del Perú desde la guerra con Chile. No olvidemos que ante la ineficiencia del Estado fueron las Rondas Campesinas las que hicieron frente a Sendero Luminoso y el MRTA. Una vez más, la organización espontánea de la población será más efectiva que la imposición autoritaria de la cuarentena, tanto desde el punto de vista sanitario, como desde el punto de vista económico.

La nueva cuarentena, voluntaria e inducida

La nueva cuarentena para el caso peruano empezaría en el mes de mayo y debería permitir el máximo posible de actividad económica y de libertad de circular bajo restricciones sanitarias mínimas. Proponemos:

1. La distancia social de un metro y medio como premisa fundamental. El uso obligatorio de mascarillas y de guantes para trabajar, comprar y vender. Es decir, para toda interacción social. Distribución de estos dispositivos a través de las organizaciones sociales arriba mencionadas. Establecer sistemas de distribución y capacitación periódicos.

2. Cuarentena estricta recomendada para mayores de 60 años. Según la evidencia, el porcentaje de decesos por edades se dispara a partir de esta edad. No recomendamos hacerlo obligatorio porque es probable que muchas personas mayores no tengan a quién recurrir para hacer compras, por ejemplo.

3. Agotar todos los medios para comprar kits de tests moleculares. Aliarse con el sector privado para activar la máxima capacidad logística para estos y otros productos (importación y producción local). No escatimar en recursos para masificar los tests gratuitos y pagados para los que tengan seguro privado.

4. Seguir con los esfuerzos para geo-referenciar a positivos y ver quienes están en capacidad de aislarse de sus familiares.

5. Multiplicar el número de camas de campaña en todos los lugares posibles con el apoyo de las Fuerzas Armadas. Debemos tener en cuenta para la población de menores recursos, sobre todo las que viven hacinadas en un ambiente, las camas de campaña deben ser un medio de aislamiento. Lo mismo con las camas habilitadas por los hoteles, como lo hemos recomendado en artículos anteriores.

6. Montar el máximo de camas de UCI con apoyo del sector privado. Tenemos que tener en cuenta que, lamentablemente, se está comprobando que alrededor del 80% de pacientes que ingresan a UCI por coronavirus, fallece. En términos numéricos ello quiere decir que se va a requerir mucho más camas para la prevención (sin cuidados especiales) que camas de UCI con ventiladores, lo que no quiere decir que se debe continuar ampliando su disponibilidad al máximo posible.

Viendo el vaso medio lleno, esta crisis puede fortalecernos como sociedad de muchas maneras. Entre ellas, fortalecer las organizaciones de barrios vulnerables, incrementar el número de camas de UCI, reformar el sector salud con inversión privada bajo esquemas de Asociaciones Público — Privadas (APP) y fortalecer nuestra cultura cívica y nuestro sentido de la solidaridad voluntaria.


1 Insistimos en el término espontáneo en clara alusión al orden espontáneo del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek.

2 Esto recoge parcialmente lo que escribía días atrás sobre la emergencia sanitaria.

Por: Daniel Córdova

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