De controles y controlistas - por Luis Gamarra | Enterarse

De controles y controlistas - por Luis Gamarra

2020/06/06 11:00

Por: Luis Gamarra Otero

Columnista

Producción de automóviles en Alemania. Foto: Reuters

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El “controlismo” parecería ser otro virus que ha venido para quedarse. Se escabulle por allí, pero apenas se presenta un momento propicio, vuelve a aparecer con más fuerza. Las armas principales de sus agentes portadores, los controles y la tramitología, que los ofrecen para resolver cualquier cosa y los aplican sin escuchar opiniones, importándoles poco sus nefastos antecedentes, están consiguiendo nuevamente paralizar al país. Da la impresión de que los tres poderes del Estado, pero especialmente el Ejecutivo que es el que puede imponerlos más rápidamente, han entrado en competencia para ver quién llega a ser el padre de la hazaña que logre la primera excepción de la historia en conseguir éxito en base a controles.

Para emprender cualquier empresa y hasta para los asuntos más triviales, se van estableciendo cada día mayor cantidad de requisitos, formularios, solicitudes, declaraciones juradas, estudios económicos opiniones ambientales, licencias sociales y ahora nos llegaron, también para quedarse, los protocolos. Si todo esto, como frecuentemente sucede, no funciona y por el contrario entorpecen el objetivo buscado, lejos de anularlos como sería lo sensato, les inventan nuevos trámites complementarios y así se va formando una cadena que no tiene límite, con el correspondiente crecimiento burocrático y su secuencia de corrupción. Son sus propios autores quienes recomiendan un poco de “aceite” para que pueda trabajar este complicado mecanismo.

Para hacerle frente a esta corriente que cada vez más nos está ahogando, tenemos por ventura miles ejemplos de fracasos controlistas y de éxitos de la libre empresa, que ellos jamás podrán mostrar. Vamos a uno de tantos: El Milagro Alemán.

Terminada la II Guerra Mundial, Alemania era un país en ruinas. Bajo la ocupación militar de los países vencedores, estos comenzaron a organizarlo reglamentando todo, incluyendo un estricto control de precios para evitar la inflación.

La Alemania de esa época vivía la miseria más horrenda jamás imaginada. Un socio alemán que tuve, que el fin de la guerra lo encontró con 14 años, justo cuando tenía que integrarse al ejército, me contaba cómo tuvo que ayudar a su madre a dar a luz en la calle, porque no había una ambulancia para trasladarla, no había maternidades ni médicos, tampoco había vendas ni medicinas. Las familias vivían en las ruinas de los edificios derruidos por los bombardeos y se llegaba a los pisos superiores por medio de escaleras construidas con maderas viejas. En el suelo habían quedado abiertos unos grandes boquetes producidos por la explosión de las bombas que se llenaban de agua de lluvia que se congelaba con el frío de la noche y por las mañanas, muy temprano, las madres mandaban a sus hijos a hacer fuego alrededor para poder utilizar esa agua putrefacta para cocinar. 

Cuando los norteamericanos presentaron su Plan Marshall, el viejo y legendario Adenauer les respondió: el plan se hace en Alemania como nosotros queremos, o no se hace. Los norteamericanos les recetaban casitas, escuelas, maternidades, hospitales y Adenauer dando golpes en la mesa les respondía, ¡No! ¡No! Fábricas, muelles, aeropuertos, puertos, autopistas. Después cuando los trabajadores con sus salarios puedan construirse sus casitas no duden que ellos encontrarán los sistemas más fabulosos para hacerlas. El Estado les construirá hospitales, maternidades y hospicios, los mejores del mundo, pero antes hay que producir. Los intelectuales de Harvard dijeron que el plan alemán era impracticable e inhumano, pero Adenauer y su ministro de Economía, Ludwig Erhard, se mantuvieron inflexibles. Analistas políticos de todas las tendencias sentenciaban: ¿eso es capitalismo puro? Y Erhard respondía: sí, capitalismo puro, demasiado duro, es que hemos perdido una guerra y debemos pagar el precio. Los pueblos que se resisten a pagar el precio de lo que han causado no merecen la pena vivir.

La situación, pese a la ayuda, no avanzaba. Alemania vivía bajo un régimen controlista que la estaba ahogando. El mercado negro y la corrupción que acompañan siempre a este sistema habían comenzado a reinar en el nuevo país que pensaban construir. Fue entonces que un día célebre, 20 de junio de 1948, domingo en la tarde, aprovechando que los controladores descansaban, Ludwig Erhard decidió dar un paso histórico y de un plumazo derrumbó todo el armazón que estaba impidiendo la reconstrucción del país. Los militares al día siguiente no se atrevieron a oponerse.

No es mi opinión, que vale poco, sino la de Milton Friedman, premio Nobel de Economía, el que describe en su libro “Dólares y Déficit” este fenómeno de la post-guerra:

“La abolición del control de precios en Alemania por Ludwig Erhard una tarde de domingo en 1948, fue todo lo que necesitó para liberar a Alemania de las cadenas que estaba causando el estancamiento de la producción a la mitad del nivel de antes de la guerra y para ser posible que ocurriera el milagro alemán”.

“Como se sabe, el llamado milagro alemán, empezó en 1948. No fue una cosa muy complicada. Se redujo a introducir una reforma, eliminando el control de precios y permitiendo funcionar el sistema de precios libres. La extraordinaria alza en la producción alemana en los años que siguieron a esta reforma no se debió a milagro alguno del ingenio o de la habilidad de los alemanes, ni nada por el estilo. Fue el resultado simple y natural de permitir la operación de la técnica más eficiente que se haya encontrado hasta ahora para organizar los recursos, en vez de impedir su operación tratando de fijar los precios, aquí, allá y dondequiera”.

Fue la más contundente lección para el mundo libre, como un país que acababa de perder una guerra, solo necesitó liberarse de los controles que lo aplanaban, para convertirse nuevamente y en corto tiempo en un país desarrollado, con niveles de vida superiores que los de sus vencedores. Esto no es un invento, lo vio todo el mundo, como también fue testigo el mundo entero de cómo la Alemania comunista del este, donde todo estaba controlado, tuvo que construir en Berlín un enorme muro para que sus habitantes no se pasaran en masa a la Alemania de libre empresa.

Por: Luis Gamarra Otero

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