El “privilegiado” de hoy es el “burgués” de ayer: opinión sobre una revolución discreta - por Oscar Alberto Balladares | Enterarse

El “privilegiado” de hoy es el “burgués” de ayer: opinión sobre una revolución discreta - por Oscar Alberto Balladares

2020/06/19 14:00

Por: Alberto Balladares

Columnista

Manifestantes pisando la cabeza de una estatua caída de Cristobal Colón. Foto: Reuters

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Gradual y casi imperceptiblemente vamos entrando en una nueva época. Pareciera que la historia fuera circular, pues sin percatarnos la sociedad estaría retornando a etapas en las que no existía igualdad ante la ley, presunción de inocencia, y en las que todo acto u opinión del individuo era susceptible de ser condenado por el más intolerante, e incluso violento, fanatismo religioso.

Sin embargo, hoy en día el fanatismo religioso (y no digo el sano ejercicio de una fe) ha cedido lugar a un nuevo puritanismo, esta vez laico o ateo, pero no por ello menos intolerante. Existe un nuevo pecado original: nacer “privilegiado”. Existe, además, una nueva inquisición: la de los colectivos de “progresistas” y “oprimidos” en las redes sociales. Existe, finalmente, una nueva fe. Este nuevo credo se sustenta en una cadena de conceptos cada vez más utilizados: “deconstrucción”, “discurso de odio”, “heteropatriarcado”, “empoderamiento”, “racializar”, “sexo asignado”, “privilegiados”, “sororidad”, “interseccionalidad”, “micromachismos”, “apropiación cultural”, “ellos/ellas, nosotros/nosotras”, “todes nosotres”, etc.

Estos conceptos constituyen los dogmas de una nueva fe. No eran comunes hace unos años; hoy, es cada vez más normal escucharlos en conversaciones cotidianas y leerlos en las redes sociales. Aceptar ciegamente estos dogmas es “deconstruirse”; no creer en ellos, es vivir con una venda en los ojos, la “venda del privilegio”; refutarlos, constituye una seria transgresión, que puede ser tachada incluso de “discurso de odio”.

Si entre mediados del siglo XIX y hasta el fin de la Guerra Fría, los revolucionarios socialistas planteaban la lucha de clases como la oposición entre burgueses y proletarios; lo que hoy tenemos es una nueva dialéctica: “privilegiados/oprimidos”. El “cerdo capitalista” y el “maldito burgués” de ayer son el “privilegiado” de hoy, alguien que, también un poco como sus antecesores, oprime por ser antes que por hacer. Este cambio del sujeto revolucionario es algo de lo que vienen hablando autores como Francis Fukuyama, quien señala que ahora la izquierda se centra más en colectivos como las minorías étnicas, los inmigrantes y refugiados, las mujeres y las personas LGBT.

De este modo, el lugar del proletario y el campesino ha sido ocupado por el “oprimido”, un concepto mucho más amplio que implica nuevos escenarios de discordia: hombre/mujer, blanco/negro, heterosexual/homosexual, ciudadano/inmigrante. En el pináculo de este nuevo esquema, además, aparece la “interseccionalidad” (“sistemas de opresión entrelazados”) como la máxima forma de opresión. Una víctima de discriminación interseccional sería, por ejemplo, una mujer negra lesbiana e inmigrante; y alguien que, sin discriminarla, critique este concepto, podría ser, o sería, un “racista, homofóbico y xenófobo”.

Evidentemente, vivimos en un mundo en el que aún perviven el machismo, la homofobia y el racismo, lamentables lastres contra los que se tiene seguir luchando. El problema está en que se busca eliminar todas estas taras desde un enfoque que reduce los problemas sociales a una supuesta lucha entre privilegiados y oprimidos. Esta visión, lejos de unir e integrar a la sociedad teniendo en cuenta su diversidad, la divide en conflictos innecesarios, en los que el individuo acaba siendo subsumido dentro del colectivo, un colectivo que, además, está en función de categorías que uno no escoge, innatas.

Así, se termina imponiendo un discurso, esencialmente emotivo, tribal y falaz, que no se condice con la realidad. Los abanderados de este discurso repiten y repiten y sentencian que “¡a las mujeres las están matando por el hecho de ser mujeres!”, que “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”, que “América no fue descubierta, sino saqueada, ¡y que hubo un genocidio!”, que “no existe el racismo inverso”, que “todos los curas son pedófilos”, que “¡eres un fascista!”. La imposición de todos estos tópicos progresistas se conoce como la dictadura de lo políticamente correcto.

Retiro temporal de la primera película en la que una actriz negra ganó un Oscar.

Otra perla reciente:

Esta es una dictadura que se ha ido imponiendo muy sutilmente. Sin darnos cuenta, hemos sido funcionales a este nuevo régimen. ¿Cómo? Utilizando en el lenguaje común esos nuevos conceptos, repitiendo irreflexivamente consignas huecas, prefiriendo callar y, finalmente, normalizando un discurso que en el fondo genera división. ¿Por qué? Por la discordia, antes inexistente, que este discurso ocasiona, y porque criticarlo puede implicar condena social, censura en las redes, la pérdida del trabajo y hasta denuncias en algunos países. Como fuera en tiempos ya superados, ahora uno debe tener cuidado con lo que dice o escribe. Puede haber represalias, juicios populares...

“Ofender”, algo que es bastante subjetivo, ahora puede ser considerado “discurso de odio”, cuando verdaderos discursos de odio fueron los de los nazis o los de los hutus radicales de Ruanda. Apelar a la eliminación o a la segregación de un colectivo es discurso de odio, no la ofensa en función de la susceptibilidad caprichosa de los comisarios de lo políticamente correcto. En estos tiempos, por ejemplo, que un autobús tenga escrito que “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” implica consecuencias, puede ser considerado “discurso de odio”.

Alumnos ofendidos de Yale increpan a un profesor considerado racista por no estar a favor de que se prohíban determinados disfraces en Halloween. Según estos indignados, que luego pidieron que el docente sea despedido, disfrazarse de determinadas maneras es “apropiación cultural” y tiene que estar prohibido.

En este nuevo contexto, de puritanismo ateo e ingeniería social, se busca imponer una forma de hablar (“ellos, ellas, nosotros, nosotras, nosotres”), se debilita la igualdad ante la ley (discriminación positiva y cuotas de género), se atropella la presunción de inocencia (considerando culpable del saque a cualquiera que sea acusado de “agresor” en las redes sociales), se quiere acabar con programas de televisión (porque se consideran “ofensivos”), se atenta contra la libertad de expresión (buscando censurar conferencias y voces críticas), se ataca la libertad religiosa (con actos vandálicos contra las iglesias), se limita la libertad política y de contratación (porque, si hay una cuota, se tiene que poner en el puesto o en el cargo político a personas en función de su “género”) y se busca, siempre sutilmente, adoctrinar a las masas a través de medios que van insertando y normalizando toda esta visión, como por ejemplo Netflix (“Sex Education" es el máximo ejemplo de la utopía políticamente correcta, hipster y vintage). La limitación de derechos y libertades que implica todo esto, amenaza las bases de la democracia representativa.

Justin Trudeau, primer ministro de Canadá se arrodilla.

La guardia pretoriana de todo este paquete de ideas nefastas son los colectivos de “Antifa”. Estas hordas callejeras anarcocomunistas consideran “fascista” a todo el que no se deje llevar, flotando como muertito, por la corriente de la political correctness. El accionar y la intolerancia de Antifa es similar al de los camisas negras y camisas pardas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Y esto es historia. Así, los antifa terminan siendo abiertamente como lo que dicen atacar.

En este contexto, finalmente, el llamado “privilegiado” (nunca he escuchado “privilegiade”) es el nuevo villano. Su opinión es de plano descartada. “Eres privilegiado, así que no puedes opinar, no sabes. Quédate callado”. Es como si solamente los pobres pudieran hablar de pobreza y los enfermos de su enfermedad. Esto recuerda al polilogismo, es decir, a la creencia de que existen diferentes estructuras lógicas en el ser humano. Por ejemplo, los comunistas planteaban que “existía una lógica burguesa” y “una lógica proletaria”; mientras que los nazis señalaban que había una “lógica aria” y una “lógica judía”.

Hoy vemos una nueva confrontación. Por un lado, la “lógica privilegiada”, necesariamente equivocada y sesgada; y por el otro, la “lógica del oprimido” y la del “progresista”, el pensamiento “lúcido” de quienes supuestamente han logrado salir de la Caverna de Platón y ver la realidad. Y como supuestamente estos “tolerantes” y “progresistas” constituyen el grupo que “ha despertado”, tendrían ellos la potestad de guiar a la sociedad como a su rebaño, condenando y tachando de “intolerante”, “fascista” y últimamente de “privilegiado” a todo aquel que disienta de sus consignas emotivas.

Feministas queman libros y gritan consignas

De este modo, y mediante un burdo ad hominem, se terminan negando los argumentos del chivo expiatorio de la nueva fe: la persona considerada privilegiada. Frente a este individuo, aparece alguien cuya palabra se pretende que pese más, alguien que sí tiene el derecho, esto es, las prerrogativas regias para ofender y para acusar, y a quien se le debe creer sí o sí, alguien que, además, es digno por su condición, de acceder a puestos políticos y de trabajo en función de cuotas. ¿Quién es este personaje? Pues el “oprimido".

Pareja besando las botas de activistas negros

La gente que no actúa en perjuicio de los demás ¿“oprime” por el hecho de estar en una situación “privilegiada”? ¿Es legítimo que en busca de la “igualdad” se menoscabe la igualdad ante la ley? ¿No estaremos, acaso, normalizando términos y palabras que le son funcionales a un discurso que en el fondo es liberticida? ¿No se nos estará imponiendo, con anestesia o vaselina, una suerte de totalitarismo buenista, pero totalitarismo al fin y al cabo?

Feministas radicales hacen ruidos tribales y atacan la catedral de Buenos Aires.

A mi parecer, se está confundiendo el tener una situación o posición acomodada, o privilegiada, si se quiere, con “privilegios” en el sentido de gozar de prerrogativas, gracias o exenciones en función de lo que uno es (al margen de los cargos públicos constitucionalmente reconocidos). Lo primero, que es algo relativo, es una realidad que ha existido y existirá siempre, y que no está mal; lo segundo, que es lo que tenían los nobles, por ejemplo, antes de la Revolución Francesa, es ilegal e inaceptable por ser incompatible con la igualdad ante la ley. 

Siempre existirán unos más privilegiados que otros, así como unos más oprimidos y más víctimas que otros. Y la solución para problemas como el racismo, la homofobia y el sexismo, no pasa por establecer una nueva forma de sociedad estamental, restringiendo derechos y posicionando, una vez más, a unos por encima de otros, a la vez que acabando con las bases de la sociedad libre. Sin embargo, pareciera que hacia allá vamos... ¿o no?

No sorprendería que al paso que vamos lleguemos a esto:

Por: Alberto Balladares

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