De la chacra a la olla - por Luis Gamarra | Enterarse

De la chacra a la olla - por Luis Gamarra

2020/06/22 10:00

Por: Luis Gamarra Otero

Columnista

Foto: Reuters

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No recuerdo haber escuchado alguna vez que un ama de casa declare estar conforme con el nivel de los precios de los alimentos que adquiere en el mercado. Su opinión será siempre que están demasiado caros y la culpa se la echará al comerciante que se los vende... ¿Por qué el gobierno no hace nada contra estos “hambreadores” del pueblo?

No recuerdo tampoco a político alguno que, aprovechando tal clamor, no se esmere en fingir estar furibundo por este abuso y lo primero que se le dé es por eliminar a los intermediarios: ¡Aquí están las pruebas, esto lo compraron a un sol el kilo en la chacra y acá lo están vendiendo a dos soles, se ganan el 100%. Esto atenta contra el pueblo. ¡Hay que desaparecerlos! A partir de mi gestión “de la chacra a la olla” será la voz.

Pero esto no pasa de una vana ilusión. De la chacra a la olla sin intermediarios es como decir de la olla al plato sin cocinarse. La oferta agrícola se produce en cientos de miles de lugares en todo el territorio nacional y dura muy poco tiempo en cada sitio, mientras que el consumo ocurre durante todo el año y en todas partes. No puede prescindirse de este complicado sistema que acopia los productos de los lugares que les toca cosechar ese día para concentrarlos en los principales centros de consumo y, llegados allí, se vuelvan a expandir para quedar a disposición del consumidor en el lugar adecuado. Nadie compra papas por camionadas y todo esto tiene que hacerse en pocas horas. ¿Quién y cómo se puede realizar ese trabajo y sin costo?

Antes que nada, es bueno saber que los productos alimenticios que vienen del campo tienen un tiempo muy corto de duración y, pasado este, se descomponen, se pudren o se pican. Las frutas, las hortalizas y las verduras duran solo unos días, los tubérculos algo más y los cereales y menestras pocos meses. No es posible modificar este ciclo natural. Llegado el tiempo, el agricultor no puede esperar, tiene obligadamente que cosechar, pues si no lo hace empiezan a caerse los frutos o los tubérculos se convierten en alimento de los gusanos y así no los recibirá el mayorista que tiene también las horas contadas para que el producto llegue en condiciones apropiadas al minorista y de allí al consumidor. La única manera de evitar este deterioro sería con refrigeración o aplicándoles, en el caso de los cereales y las menestras, productos químicos para que no se los coman los gorgojos, pero no existen cámaras de frío de esas magnitudes y, en todo caso, el costo se elevaría en vez de bajar. En conclusión, olvídense de los acaparadores, no los van a encontrar.

Ante esta encrucijada imposible de resolver, los gobernantes tienden a sucumbir a los “cantos de sirena”: ¡Control de precios es la solución! No es complicado, se toma el precio de costo y se le agrega una “ganancia razonable” y ya tenemos el “precio justo”... y a la cárcel quien no los cumpla. “¡Bravo! ¡Bravo!”, responden las tribunas.

Ahora, hay que calcular este precio justo y la cosa se complica. En al agro, no existe un único y permanente costo de producción. Varía de chacra en chacra y de año en año. Así como hay tierras fértiles hay otras que no lo son tanto. Estas últimas requieren más semilla, más fertilizantes mayor riego, entre otras cosas; pero producen menos. ¿Cómo podría establecerse el costo real del producto que se da en ellas? Hay veces que por sequías, heladas o por otros imprevistos, se saca muy poco o no se cosecha. ¿Cuál será el costo en este caso? Toda producción hay que clasificarla como de “primera”, “segunda”, “tercera”, de acuerdo con las exigencias del mercado y estas proporciones nunca son fijas. ¿Cómo se resolverá el problema del justiprecio para cada una y quién hará este trabajo?

Hay agricultores que atrasan o adelantan las siembras para cosechar en épocas de escasez. Producen menos, pero los mayores precios compensan. ¿Si el precio está fijo, como harían para que estos agricultores, que cubren una etapa muy importante del abastecimiento, se decidan a sembrar?

Se pueden presentar plagas o enfermedades que aumentan los costos y dañan parte de la producción. ¿Cómo harán para saber el mayor gasto y calcular la cantidad de la merma?

Después de recolectado el producto y puesto sobre la tierra por el agricultor, viene el comprador para clasificarlo, envasarlo, pesarlo y cargarlo al camión y esto lo hace con su gente que es experta. Cada producto tiene un proceso y un envasado diferente. ¿Quién va a hacer esta labor? Antes de llevarse el producto, el acopiador tiene que pagarle al agricultor, eso de “después nos vemos” no es costumbre. Luego, transbordarlo a otro camión más grande requiere cargadores que sepan estibar. Al llegar al centro de consumo, el mayorista tiene que distribuirlo entre docenas de mayoristas menores previamente comprometidos y el pago no puede esperar. Además. tienen que devolver los envases para ser reutilizados. En toda esta etapa, corren grandes cantidades de dinero que viene de sobregiros a corto plazo, con intereses muy altos, y se entrega la mercadería en base a confianza. Si alguien no cumple, cae en desprestigio y queda fuera del sistema. ¿Qué funcionario correrá ese riesgo?

Un producto puede venir de la campiña de Lima o recorrer miles de kilómetros, atravesando cordilleras. Puede haber tenido que transitar por caminos de herradura o haberlo hecho por autopistas. Puede haber estado esperando varios días por un huayco o un puente roto. ¿Cuál es el costo del flete por producto? En todo este manipuleo se producen mermas que se agravan si el tiempo es caluroso; además, no es lo mismo transportar yuca que tomates. ¿Cómo se calcula esta merma?

La agricultura es una actividad de oportunidades: se pierde en una o en varias cosechas hasta que se agarra una buena y se recupera todo. ¿Cómo será la fórmula para calcular esta compensación?

Ante tan complicada tarea, la idea simplista que siempre aparece es la de establecer promedios, pero con esta “genialidad” se deja fuera a la mitad de los productores. Por si no lo saben, la producción de todos y no de la mitad es la que permite que los peruanos comamos.

Podríamos llenar páginas enteras con tareas necesarias para que camine el sistema. Todas tienen un costo y tiene que resarcirse a quien las realiza con utilidad; nadie trabaja gratis.

Pero entonces, ¿cómo funciona este enrevesado sistema? Funciona con base en la actividad coordinada de más o menos 2.5 millones de computadoras humanas, instaladas en el cerebro de productores agrarios, comerciantes e intermediarios, que trabajan sin descanso, inclusive sin dormir, para tomar decisiones y que tienen instalado un “software” especial que se llama “experiencia”, que no lo ofrecen todavía las computadoras modernas.

Al frente, y para que las reemplace a todas, pondrán a un funcionario con su lap-top y el pobre se sentirá abrumado, pero no es tonto, guardará en el cajón sus apuntes de la universidad y acudirá a un método más práctico. Hará una lista con los principales productos que se comercializan en la parada, anota los costos de producción de cada uno, que aparecieron en una publicación antigua del Ministerio y al frente pone un porcentaje calculado a ojo. Aprieta la tecla y aparecen los precios tope a los que deberán regirse los comerciantes. Revisa y corrige que ninguno sobrepase a los actuales precios del mercado y añade una escala de penalidades y multas. Mete la hoja en un file que lleva al Director y, convertido en Decreto por el Departamento Legal, va directo al ministro para su promulgación.

Toda esta política de controles tiene un fuerte ingrediente de hipocresía y es abusiva y perversa. No conozco a político alguno que no jure y rejure que gobiernan en favor de las clases más necesitadas, es decir para los pobres. Los pequeños agricultores, que es donde está la pobreza extrema más dura del país, son los que producen la gran parte de los alimentos que comemos. A diferencia de los industriales, pesqueros, artesanos, confeccionistas y en general de todas las otras actividades que pueden parar su producción cuando las condiciones son desfavorables o cuando se presenta sobreproducción, el agricultor, una vez introducida la semilla en la tierra, tiene que seguir hasta el final, ya no hay marcha atrás. A pesar de los decretos en su contra, estos no afectarán la cosecha en marcha, sino que los efectos se verán en la próxima siembra, donde ya encontrarán como volverlos a perjudicar. Por último, los precios topes obligarán a los irremplazables intermediarios a ir nivelándolos hacia abajo y será al final ese campesino quien pague pato y reciba un menor precio por su producto.

Y después nos aseguran que están combatiendo la pobreza.

Por: Luis Gamarra Otero

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