Sobre las razones - por Rodrigo Carpio | Enterarse

Sobre las razones - por Rodrigo Carpio

2021/10/15 13:00

Por: Rodrigo Carpio Sánchez

Columnista

Imagen: Pixabay

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En nuestro día a día todos usamos razones. Usamos razones para convencer a los demás, para justificar alguna acción nuestra (como faltar a una clase) e incluso para deliberar a qué restaurante ir con nuestra familia o amigos. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué es realmente una razón. Y, menos aún, nos preguntamos cuándo una razón es buena. A continuación, quisiera exponer algunas ideas clave sobre estas preguntas. Este texto, no obstante, no pretende exponer un conjunto de verdades establecidas, sino, más bien, un conjunto de ideas para reflexionar. Asimismo, este texto no pretende originalidad alguna. Muchas de las ideas expuestas son producto de la lectura de muchos otros autores.

¿Qué es una razón?

Si bien el concepto de razón es algo que todos entendemos, cuando tratamos de definir qué es realmente una razón, nos toparemos con que es una tarea difícil. ¿Es una oración? ¿Una afirmación? ¿Un hecho? ¿Una idea? Todas estas opciones son buenos candidatos para referirse a las razones. Sin embargo, no todos los hechos, ideas o afirmaciones son razones. ¿Qué es, entonces, lo que caracteriza a una razón?

Tal vez la mejor forma de entender lo que es una razón es empezar por su utilidad. ¿Cuándo usamos razones? Sin duda, las usamos en una diversidad de circunstancias. Sin embargo, creo que todas esas circunstancias pueden agruparse en dos grandes casos: para justificar una acción o para justificar una creencia (en un sentido amplio de la palabra creencia).

Por un lado, nosotros usamos razones para justificar a alguien más por qué hicimos lo que hicimos. Asimismo, también usamos razones cuando pensamos en qué debemos hacer. Por ejemplo, si nos debatimos entre comer comida rápida o ir a un restaurante gourmet, consideramos diversas cosas. Tomamos en cuenta que la comida rápida es más barata o que usualmente tenemos diversas opciones cerca de nuestro hogar. Asimismo, tomamos en cuenta que la comida gourmet es muchas veces más placentera o más sana. Este tipo de hechos (que tal comida es más barata o más sana) son los que usualmente evaluamos cuando estamos decidiendo qué hacer.

Por otro lado, cuando nosotros adoptamos nuevas creencias o justificamos alguna de nuestras creencias previamente aceptadas, usamos también razones. Por ejemplo, si alguien me pregunta por qué creo que la Tierra es redonda, entonces contestaré que hay diversas fotos de ella desde el espacio.

Asimismo, también puedo decir que hay diversos experimentos que uno puede hacer para probarlo. Al igual que en el caso de las acciones, estos dos hechos (que hay fotos y experimentos) cuentan a favor de que uno crea que efectivamente la Tierra es redonda.

Así, podemos definir una razón como un hecho que cuenta a favor de que adoptemos una creencia o realicemos una acción. Por ejemplo, el hecho de que la comida rápida sea barata es una razón que cuenta a favor de que vayamos a comer una hamburguesa con queso en lugar de ir a Astrid y Gastón. De manera similar, el hecho de que se hayan descubierto herramientas vikingas en Norteamérica cuenta a favor de mi creencia de que los vikingos llegaron a América antes que Colón.

¿Cuándo nos encontramos ante una buena razón?

Ya sabemos entonces que una razón es un hecho que cuenta a favor de que adoptemos una creencia o realicemos una acción. Pero ¿cuándo nos encontramos con una buena razón? Esta pregunta es más difícil de responder y, probablemente, no tenga una respuesta precisa. Sin embargo, esto no implica que no podamos reflexionar sobre el tema y tener algunas intuiciones básicas.

Podemos decir que una razón es buena cuando nos brinda un alto grado de confianza sobre una de nuestras creencias. Asimismo, también podemos decir que una razón es buena cuando nos brinda un alto grado de confianza sobre qué tan adecuada es una acción que tomaremos. Probablemente, esto suena muy abstracto, por lo que es conveniente pensarlo desde algunos ejemplos.

Imaginemos que hemos llegado a la final de un programa de concursos. El presentador del programa nos ha pedido que elijamos abrir una de cuatro puertas: A, B, C y D. Detrás de una de ellas hay un millón de dólares. Detrás de las demás, solo un premio consuelo. En ese instante, recordamos que hace varios minutos escuchamos a un trabajador del estudio hablar con un compañero sobre la puerta B. No recordamos realmente qué dijo el trabajador, pero tenemos la seguridad de que habló sobre la puerta B. Sin duda, es posible que el motivo de su conversación fuera informar que tras la puerta B está el premio mayor. En este contexto, el hecho de que hayamos escuchado al trabajador hablar sobre dicha puerta, cuenta a favor de que la elijamos.

Ahora evaluemos el siguiente caso y comparémoslo con el anterior. Nuevamente, nos encontramos en el predicamento de elegir una de las cuatro puertas para ganar el millón de dólares. Sin embargo, esta vez, antes de entrar en el escenario del programa, casualmente vimos a los trabajadores poniendo premios consuelos detrás de las puertas A, C y D, mientras que tras la puerta B colocaron un cheque gigante. Sin duda, ahora tenemos una muy buena razón para elegir la puerta B. El hecho de que hayamos visto qué hay detrás de cada puerta nos da una mayor confianza para elegir la puerta B, que solo escuchar a alguien hablar sobre una puerta. Así, este hecho es una razón mucho más fuerte que la anterior.

Lo mismo sucede cuando adoptamos una creencia. Algunos hechos brindan un mayor grado de confianza que otros. Por ejemplo, no es lo mismo que un amigo nos diga que un hábito alimenticio determinado es bueno para la salud, que ver un estudio de científicos de Harvard. Esto no quiere decir que nuestro amigo no sea una persona confiable, ni tampoco que los científicos de Harvard no se puedan equivocar. Sin embargo, es mucho más probable que nuestro amigo se equivoque a que lo hagan los científicos de una institución como Harvard.

Así, vemos que la fuerza de una razón depende en gran medida de cuánta confianza nos da en la creencia que estamos adoptando o la acción que realizaremos. Uno podría decir que lo adecuado es siempre buscar aquellas razones que brinden un mayor grado de confianza en nuestras creencias y acciones. Sin embargo, este no es el caso en la vida real. De hecho, muchas veces, lo adecuado es actuar o creer cosas incluso si nuestras razones no son muy buenas.

Las razones y el contexto

Probablemente, todos nosotros hemos rendido en algún momento de nuestra vida un examen de opción múltiple. Me refiero a la clase de exámenes donde uno tiene que marcar opciones como A, B, C o D (algo muy similar al ejemplo de las puertas). Durante estos exámenes, muchas veces nos encontramos con una pregunta en la que realmente no sabemos cuál opción marcar y a veces nos inclinamos por una o otra opción, pero sin estar realmente seguros.

Por ejemplo, puede ser que la opción A nos recuerde a algo que posiblemente hayamos leído. La opción B, por otro lado, nos puede parecen más sensata. Sin embargo, no tenemos la confianza suficiente en ninguna de estas razones como para determinar si debemos marcar la opción A o la B. ¿Significa acaso que no debemos marcar alguna de ellas? Si obviamos la posibilidad de que el examen tenga puntaje en contra, entonces lo razonable es arriesgarnos por alguna de las dos opciones. Tal vez no tenemos buenas razones para marcarlas, pero, dado que queremos obtener la mayor cantidad de puntaje en el examen, vale la pena marcar alguna de ellas a pesar de que no tenemos tanta confianza en nuestra respuesta.

Lo mismo puede suceder, por ejemplo, en una situación de supervivencia. Digamos que nos perdemos en un bosque. Sin embargo, llegamos a un camino que parece conocido. En este contexto, el hecho de que nos parezca conocido, nos da razones suficientes para seguirlo. En este caso, el contexto nos exige que actuemos aun cuando nuestras razones no son muy confiables. O, mejor dicho, en el contexto en el que nos encontramos, las razones que tenemos, por más débiles que sean, son suficientemente confiables como para actuar a partir de estas.

Tal vez suene extraño decir que es adecuado actuar a partir de razones no muy fuertes. Sin embargo, es algo que los seres humanos hacemos comúnmente y a veces es provechoso. Por ejemplo, ante la aparición de una nueva enfermedad como el COVID-19, algunos médicos empezaron a usar ivermectina para tratar a sus pacientes, a pesar de aún no existir estudios confirmados sobre su efectividad. Sin embargo, muchos profesionales afirmaban que funcionaba. En este contexto (independientemente de si se confirmó o no su utilidad), los médicos tenían razones suficientes para brindar la medicina a sus pacientes, a pesar de no haber suficiente información.

Así, a veces es razonable actuar por razones débiles. Otras veces, no obstante, cuando la situación no nos presiona, lo adecuado más bien es creer algo o actuar por razones más fuertes. Por ejemplo, cuando hacemos trabajos de investigación o incluso cuando estamos navegando por Internet y encontramos un artículo interesante, lo mejor es siempre evaluar bien la evidencia que tenemos y preguntarnos si lo que leemos o escuchamos realmente es confiable o cuenta en un alto grado a favor de que adoptemos una creencia.

Algunas lecturas adicionales

Como mencioné anteriormente, estas ideas están basadas en el trabajo de otros autores. Si te interesó el tema, puedes revisar las siguientes fuentes:

- Schroeder, Mark - Slaves of the passions

- Jacob Ross, Mark Schroeder - Belief, Credence, and Pragmatic Encroachment

- Derek Parfit - Rationality and Reasons

Por: Rodrigo Carpio Sánchez

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