El problema de los razonamientos inductivos

por 6 Mar, 2025

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En 1687, fue publicado Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, una de las obras maestras de la humanidad. En este libro Isaac Newton describió sus tres leyes del movimiento, que hoy todos conocemos bajo el nombre de «las leyes de Newton».

El poder descriptivo de sus leyes matemáticas fue tan importante que revolucionó el ámbito de la ciencia, la ingeniería y muchas otras disciplinas humanas e incluso las seguimos usando hoy en día. La figura de Newton inspiró a muchos pensadores de su época, entre ellos a uno de los filósofos más influyentes, David Hume. 

Sin embargo, a diferencia de Newton, considerado como uno de los padres y pilares de la ciencia moderna, a Hume muchas veces se le percibió con ojos negativos. Por sus pares, no solo fue muchas veces repudiado por su escepticismo y ateísmo, sino que incluso su filosofía fue considerada por muchos como un ataque a la naciente disciplina científica. Pero ¿cómo un pensador inspirado por Newton fue considerado como opositor a la ciencia? Veamos.

De acuerdo con la Stanford Encyclopedia of Philosophy, Newton era el héroe de Hume y este seguía su máxima “Hypotheses non fingo”, que en lenguaje actual se podría traducir como «yo no hipotetizo«. Esto se refería a la idea de que las leyes científicas debían establecerse a partir de la observación y la experimentación y no en base a presupuestos provenientes del pasado. 

Ahora, a diferencia de las leyes de Newton, que se referían al comportamiento y movimiento de los objetos en el mundo, Hume estaba interesado en descubrir las leyes del pensamiento humano. En otras palabras, él buscaba encontrar qué principios gobiernan nuestra mente y pensamiento a partir de su cuidadosa observación. 

Esta investigación, publicada en sus obras «Tratado de la naturaleza humana» e «Investigación sobre el entendimiento humano» lo llevó a dudar sobre la fundamentación racional de los razonamientos inductivos. Pero ¿a qué nos referimos?

Como te hemos contado en otros videos, existen dos grandes tipos de razonamientos: los razonamientos deductivos y los razonamientos inductivos. Los razonamientos deductivos se caracterizan por ser aquellos cuyas premisas llevan de manera necesaria a una conclusión.

Por ejemplo, si sabemos que todos los insectos tienen solo 6 patas y vemos a este escorpión, sabremos que no es un insecto. ¿Por qué? Porque nuestra premisa nos dice que todos los insectos tienen solo 6 patas. Si contamos las patas de este insecto, veremos que tiene 8. Así, sabemos con certeza que los escorpiones no son insectos, son arácnidos. 

Por otro lado, los argumentos inductivos son aquellos que nos llevan de casos particulares a una regla general. Por ejemplo, si todos los cuervos que hemos visto son negros, entonces concluiremos que los cuervos son aves de color negro. Sin embargo, esta conclusión no es segura, ya que solo se basa en un conjunto limitado de observaciones. De hecho, existen cuervos blancos. 

Ahora, si bien los argumentos inductivos no son tan seguros, son indispensables para la ciencia. De hecho, las teorías científicas están basadas en la cuidadosa observación de la naturaleza y de experimentos científicos. 

Por ejemplo, la teoría del Big Bang y la postulación de la materia oscura están justificadas en nuestras observaciones del movimiento de las galaxias. Nuestra confianza en la teoría de la relatividad está basada en las repetidas observaciones del cosmo y de experimentos coherentes con las predicciones de esta teoría. Así, la observación de casos particulares para establecer conclusiones es una parte fundamental de la ciencia. 

¿Cuál es entonces el problema de los razonamientos inductivos? De acuerdo con Hume, el problema yace en que no parece racional confiar en este tipo de inferencias. Veamos sus razones.

Para empezar, a diferencia de un argumento deductivo, los argumentos inductivos no garantizan la verdad con respecto a su conclusión. Cuando deducimos algo a partir de premisas verdaderas, sabemos que nuestra conclusión será necesariamente cierta. 

Por ejemplo, si nos preguntan cuántas monedas tiene Juan en sus manos, y sabemos que en una tiene 5 y en la otra 3, sabemos con certeza que Juan tiene 8 monedas en sus manos. No podría ser de otra manera. ¿Por qué? Porque sabemos que la suma de 5 y 3 es necesariamente 8. 

En contraste, los razonamientos inductivos no nos llevan a conclusiones necesariamente verdaderas. Por ejemplo, si Juan usualmente trae 5 monedas en su bolsillo, esto no significa que mañana no pueda traer 4 o 6. Podemos, presuponer que mañana tendrá también 5 monedas. Pero esto no es necesariamente verdadero. 

Lo mismo se aplica para los razonamientos científicos. Sabemos que la velocidad de la luz en el vacío es de 299,792,458 metros por segundo. ¿Por qué? Porque esto es lo que nos dicen nuestras mediciones. Sin embargo, esto no implica que mañana esta no pueda variar. No tenemos una razón que explique por qué esta es su velocidad. Simplemente lo sabemos porque siempre lo medimos así. ¿Por qué entonces confiamos en los argumentos inductivos?

Una posible respuesta, nos dice Hume, es que nuestra confianza en la inducción se basa en la experiencia. Dado que usualmente la inducción nos ha funcionado en la vida cotidiana y en la ciencia, entonces confiamos en este tipo de razonamientos. Así, su fundamento se basa en la misma experiencia. 

Sin embargo, desde un punto de vista racional, este argumento no funciona. ¿Por qué? Porque implica una falacia argumentativa conocida como petición de principio o argumento circular. De acuerdo con Irving Copi, fallecido lógico y filósofo, este tipo de argumentos asume la verdad de aquello que se está intentando probar para probarse a sí mismo.

En nuestro caso, estamos diciendo que la inducción es justificada por la experiencia. Dado que la inducción nos ha funcionado muchas veces, entonces esta es confiable. El problema es que este razonamiento es a su vez una inducción. Cuando decimos que «nos ha funcionado muchas veces» estamos pasando de un conjunto de casos particulares a una regla general. Así, estamos usando una inducción, para justificar nuestro uso de inducciones; estamos asumiendo la confianza en la inducción, para justificar la confianza en la inducción. 

Este es el problema de la inducción: no parece haber una justificación racional de ella, más allá de que parece funcionar. Sin embargo, como vimos, este es un argumento falaz. Hasta el día de hoy, no tenemos un argumento enteramente satisfactorio de por qué debemos confiar en este procedimiento.

La argumentación anterior podría llevarte a pensar que Hume estaba en contra de la ciencia. Sin embargo, él fue un gran defensor de ella. Si bien él estaba convencido de que no podíamos justificar racionalmente la inducción, para él este proceso estaba anclado en nuestra misma naturaleza: el pasar de premisas particulares a reglas generales es algo que hacemos por instinto y no porque lo encontramos racional. 

Visto así, la inducción podría entenderse como una suerte de tendencia natural que hemos heredado, así como la capacidad de lenguaje o el uso de herramientas. No es que justifiquemos racionalmente que debemos usar el lenguaje o las herramientas; es algo que simplemente sucedió con nuestra especie. 

Hoy en día, existen otras soluciones a este problema, aunque no hay un consenso sobre cuál es la mejor. Por ejemplo, Karl Popper postuló que la ciencia no hace realmente inducciones y que opera enteramente con razonamientos deductivos. De acuerdo con él, cuando los científicos se encuentran con un problema, estos tratan de explicarlo mediante una hipótesis. Luego, contrastan esta hipótesis con la realidad. Si la realidad la refuta, entonces abandonamos la hipótesis. Si no lo hace, entonces la mantenemos. 

Así, el método científico no se basa realmente en la observación de varios casos particulares para llegar a una regla o ley general, sino que desde una primera experiencia propone una hipótesis para luego constrastarla con experimentos. Si la hipótesis es refutada, se deduce que es falsa. De lo contrario, se puede mantener como explicación hasta que la evidencia demuestre lo contrario.

Como mencionamos, esta no es la única solución propuesta y, justamente, el método científico no intenta proponer verdades absolutas, sino explicaciones cada vez más precisas de cómo funciona nuestro mundo. Estas explicaciones son contrastadas constantemente con la experimentación y con el tiempo pueden ir cambiando. Estos cambios, lejos de ser negativos, nos ayudan a comprender y predecir cada vez mejor nuestro universo.

Equipo de Investigación

Área de investigación de Enterarse.com

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