Todos tenemos amigos o conocidos que, a pesar de tener buenas razones para creer algo, creen lo contrario. Por ejemplo, a pesar de tener buenas razones para creer que un político es corrupto, no lo creen e incluso lo defienden. A este fenómeno psicológico algunos académicos lo llaman autoengaño y, aunque no lo creas, es un fenómeno muy común. Pero ¿de qué se trata exactamente y por qué sucede? A continuación te lo contamos.
El autoengaño es algo sumamente usual en los seres humanos. Todos conocemos personas que creen cosas a pesar de que hay suficiente evidencia para creer lo contrario. Desde creencias inofensivas, como pensar que la posición de las estrellas en el firmamento afecta nuestro destino, hasta cuestiones que pueden afectar seriamente la vida de las personas, como estar a favor o no de ciertas políticas públicas.
Pero ¿qué es exactamente el autoengaño? ¿Es lo mismo que creer en algo opuesto a lo que dice la evidencia? En realidad no. El autoengaño es un caso especial de irracionalidad que, de acuerdo con la filósofa Kathi Beier de la Universidad de Erfurt, implica dos cosas. Primero, la aceptación de una creencia que uno sabe o sospecha que es falsa. Y, en segundo lugar, la intención de no aceptar la falsedad de dicha creencia. Puesto de una manera más simple. Una persona se autoengaña cuando cree algo a pesar de tener evidencia suficiente para no creerlo, ya que tiene una motivación para ello en el fondo. Pero ¿por qué ocurre el autoengaño?
De acuerdo con Stanford Encyclopedia of Philosophy hay diversas teorías que intentan explicar por qué sucede el autoengaño, pero estas pueden ser divididas en dos grandes grupos: teorías intencionalistas y revisionistas. Para los intencionalistas las personas son completamente responsables de su autoengaño. Según esta postura, las personas a veces se engañan a sí mismas cuando quisieran que el mundo fuera de otra manera.
Una posible explicación es que nuestra mente está dividida en varios subsistemas psicológicos. Por ejemplo, de acuerdo con el ya fallecido y reconocido filósofo Donald Davidson, lo que podría suceder es que el deseo de una persona por que el mundo sea de cierta manera causa su creencia en ello. Esta creencia sería consciente. Por otro lado, la creencia contraria soportada por la evidencia estaría siendo reprimida. Es decir que existe, pero se encontraría en el inconsciente. Así, la persona tiene ambas creencias en dos subsistemas psicológicos: el consciente y el inconsciente.
Por su parte, los revisionistas sugieren que la forma tradicional en la que se interpreta el autoengaño no es correcta. Por ejemplo, según Alfred Mele, profesor de filosofía de la Universidad del Estado de Florida, en los casos de autoengaño la persona no tiene realmente la intención de engañarse, sino que, sin ser consciente de sus motivos, se equivoca al evaluar la evidencia a favor o en contra de lo que cree. En otras palabras, es posible que nuestros deseos y emociones hagan que nos equivoquemos a la hora de evaluar qué debemos creer.
Esto puede suceder de diferentes maneras. Por ejemplo, un alumno que saca una nota desaprobatoria puede interpretar que el profesor no entendió su trabajo, en lugar de pensar que no rindió la evaluación de manera adecuada. O también podemos caer en el sesgo de confirmación. Es decir que le brindaremos más importancia a la evidencia que respalda nuestras creencias, que aquella que está en contra. Si quieres saber más sobre este sesgo, puedes revisar nuestro video sobre él.
Así, para revisionistas como Mele, no hay exactamente un autoengaño, sino más bien una equivocación a la hora de evaluar la evidencia, a causa de nuestros deseos y emociones. Pero ¿tenemos evidencia de que realmente suceda esto? De hecho, sí.
En el 2016, la revista especializada Nature publicó un estudio del psicólogo Jonas Kaplan y los neurocientíficos Sarah Gibel y Sam Harris. En dicho estudio se sometió a 40 participantes a escuchar afirmaciones que contradecían sus creencias políticas más fuertes, mientras su cerebro era monitoreado con un resonador magnético.
Los investigadores encontraron que, al escuchar estas afirmaciones, hubo un incremento de actividad en partes del cerebro relacionadas a la identidad propia y a emociones negativas. Esto puede sugerir que el cerebro procesa la información que contradice nuestras creencias más fuertes de una forma más emocional.
En ese mismo año, Dan Kahan, profesor de Derecho de la Universidad de Yale, realizó un experimento para investigar por qué la buena evidencia no ayuda a resolver debates políticos.
Para el experimento se juntó a mil personas y se les preguntó sobre sus preferencias políticas. Luego, se midió la habilidad matemática de cada uno a través de un test en el que tenían que evaluar la efectividad de un producto revisando data. Aquellos con mejor habilidad matemática lograron responder acertadamente que el producto no era efectivo.
Lo interesante fue que, después de este ejercicio, a todos los participantes se les presentó un caso con data idéntica, pero con respecto a una política pública que prohibía llevar armas escondidas en público. Increíblemente, al presentarles este caso, la habilidad matemática no importaba mucho a la hora de juzgar qué tan buena había sido la política, sino más bien la ideología política.
Así, parece que nuestros deseos y emociones juegan un papel importante cuando intentamos evaluar evidencia que soporta o contradice nuestros valores. Por ello, debemos tener cuidado cuando evaluamos información que soporte o contradiga nuestras creencias más arraigadas, especialmente si estas pueden influir en la vida de otras personas. ¿Y tú, crees que es importante que sigamos investigando la mente humana?



